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Bienvenidos al Blog del "Taller de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de Tamaulipas", el cual fue creado por la profesora Graciela González Blackaller, actual coordinadora, la Lic. Clara García Sáenz es la Titular de Departamento de Literatura.

El taller tiene la función de orientar a las personas con habilidades literarias, enfocándose en la redacción, creatividad y fomentando la libertad de escritura. Se analizan todos los géneros literarios: poesía, ensayo, cuento, novela, entre otros; así mismo, se da un tiempo para revisar obras de escritores reconocidos internacionalmente, se comparte bibliografía con el fin de difundir la cultura:

Para escribir hay que leer primero.


Actualmente el taller se imparte los Sábados, de 10:00am a 12:00pm, por
Lorena Illoldi (poesía) yAlfredo Marko (cuento). La sesión consiste en la revisión de trabajos (se requieren copias del trabajo que se reparten entre los participantes con el fin de realizar anotaciones en ellas) con el fin de una mejora en la redacción y estructura de los textos.

La inscripción es para público general y estudiantes de la UAT (con un descuento a los últimos).


Te invitamos a que formes parte de este Taller de Creación Literaria, pide informes en:

  • Extensión Universitaria: 31 81717 ext. 2694
  • Lic. Clara García Sáenz: csaenz@uat.edu.mx
  • Lorena Illoldi (illoldi_@hotmail.com),
  • Alfredo Marko (leteol@hotmail.com),
  • Eyra Wong (e_garibay_w@hotmail.com).


El taller está ubicado en la Dirección de Extensión Universitaria (Atrás de la Facultad de Comercio en la UAT).

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lunes, 11 de mayo de 2009

Directriz: Lentes. Yessica Paola Puga Ferral

Tras Su Pupila

Por: Yessica Paola Puga Ferral

Creí muchas veces estar en lo correcto, que ella me amaba y su rechazo era una muestra de afecto; ni un abrazo o algún te quiero. En mi infancia jamás me contó un cuento, porque ella pensaba que historias de ésas eran patrañas. Después de todo, así terminó mi niñez: una época que no quisiera recordar, y sin embargo no olvido.

Pero desde hace varios años hice las paces con mi madre, aunque ella ni se enteró del repudio que sentí hacia su persona. Muy en mi interior la he perdonado, y ella… no lo sabe.

Me crió comportándose como una total extraña, tan inhumana y frívola que apenas recuerdo su cara. Lo hago porque siempre hubo algo que llamó inmensamente mi atención: sus lentes. Esas extrañas gafas que ni siquiera al dormir se quitaba.

En algunas ocasiones llego a pensar que no duerme, o que su reposo es tan frágil como alas de mariposa. También sospeché en cierto instante que, a través de los cristales había algo más que una mala vista, lo cual me mantenía alerta y preocupado a la vez.

Muchas veces intenté tomar por unos segundos aquellos anteojos, pero siempre terminaba encerrado en un cuartucho sofocante mientras mi madre cerraba la puerta con llave. En otras ocasiones me castigó por mirarla a los ojos, aunque sé que no me creerían a menos que vieran la marca del hierro caliente sobre mi costilla, y la cual no mostraré ni hoy ni nunca.

Por eso me cuesta trabajo imaginar cómo sería una “buena” madre, ya que las únicas caricias recibidas fueron esos terribles golpes que aún hoy me martirizan. Y después de pasado el tiempo, las cicatrices todavía duelen y magullan el corazón, no la piel. Porque el dolor siempre es mental aún en el instante.

Ha transcurrido ya algún tiempo desde que recuerdo aquello, pero el misterio que esconden sus viejos lentes persiste. ¡Sé que hay algo más que debo de encontrar! Lo máximo que sé es que una vez descubrí el lugar secreto donde mi madre los guardaba. ¿Cómo lo hice? La verdad lo desconozco, y sólo vienen a mi mente vagos pensamientos que tejen una maraña. La caja de su preciado tesoro se parecía a un alhajero, mismo que escondía pensando que lo robarían. Sin embargo, días después de que lo hallé ella lo cambió de lugar. No entendí la razón, mucho menos la cuestioné.

Sé que sonará como una enferma obsesión, ésa que poseo desde que tengo conciencia y que se volcó en una pesadilla durante las noches y los días. Pero toda mi vida gira en torno a una prohibición, cuando la pregunta de un por qué sigue sin responderse y me encuentro a punto de cumplir 26 años.

Hace unos cuantos segundos hablamos por teléfono. Al parecer saldrá de viaje. ¿A dónde? Nuevamente no lo sé, pues ella no me lo ha dicho y posiblemente no lo hará hasta mañana que se dirija al aeropuerto. De igual manera haré lo que me diga.

Hoy es el día en que ella se marchara y el despertador marca las 5:35 am. No pude dormir muy bien anoche, tal vez por la preocupación de que mamá necesitara de mí y yo no estuviera despierto. Sobre el buró junto a la cama está mi celular. Una pequeña luz azul se contempla. Hay un mensaje de voz en él: es ella.

Por hoy no iré a trabajar ya que necesita quién la lleve a tomar su avión a las 6. Demasiado temprano para mi gusto, pero por lo menos, espero que no haya mucho tráfico. Odio los embotellamientos, y los claxon resonando en mi cabeza son una tortura.

Por la Avenida Principal. Ah, la Avenida Principal. Deberían llamarle de los muertos o los choques, porque cada día en el periódico siempre aparece una nueva noticia de un carro volcado, un niño atropellado, un ciclista asesinado. Sin embargo, a diario manejo por allí. Tal vez es suerte lo que me persigue, ojalá hoy no sea la excepción. Las luces de los faroles son tenues y amarillentas. Algunas ni siquiera encienden en un tramo muy largo y apenas alcanzo a contemplar a otros autos a lo lejos, pero las personas, ¿cómo divisarlas y frenar a tiempo?

El amanecer se extiende lentamente detrás de los edificios y las colinas cercanas, hasta que de pronto, siento una vibración desesperada en mi bolsillo: el celular, ¡el maldito celular! Sé bien que sólo está presionándome como desde niño lo hizo, quiere que viva a su manera, en el tiempo en que ella quiera y ordene. Igual llegaré en 5 minutos. Espero y comprenda.

Cuando arribo hasta su hogar las maletas ya están afuera esperándome. Están disgustadas por mi retraso. ¡Pero por favor, no me miren de esa manera! Es mejor guardar la calma a terminar accidentado en ese cementerio de coches que pasé. Sí, esa que llaman Avenida Principal. ¿Y mi madre dónde está? ¿No estaba tan apurada por largarse de esta ciudad? ¡Díganle que salga o me iré!

Un sonido en el aire se escucha. Alguien o algo está susurrando, y de repente los árboles se mueven en contra del viento. Lo retan. Finalmente ella sale y cruza la puerta llevando sus lentes puestos...

Vamos madre, sube y daremos un último paseo antes de que te marches. ¡Vamos, entra al auto de una vez!

Es la incoherencia de las palabras, los lentes cubriendo sus ojos, las prohibiciones, los recuerdos, el cansancio, mi locura en ascenso. Ella se ve tan tranquila mientras aleja la mirada de mí y contempla el paisaje.

Me da rabia verla aún de reojo, ahí a mi lado sin que sienta remordimientos. ¡Pero no! Ya la he perdonado. Esto que siento no es más que una emoción pasajera, porque yo la amo y ella me ama. Nunca quiso hacerme daño con sus manos, eran caricias que decían te quiero.

Pasamos el límite de la ciudad. Los semáforos escasean y en la carretera sólo se aprecian los puntos de colores muertos. Los kilómetros son indicados en esas tan conocidas señales blancas rectangulares. Mis nervios se alteran mientras mis manos empiezan a temblar. ¡No lo puedo aguantar más! Miro hacia los matorrales que abrazan la carretera y subo la velocidad. Ella grita y suplica que pare, pero no lo haré. Ve mis ojos llenos de rabia, madre. Divísalos entre tu miedo, porque es la locura creciente que un niño trastornado jamás abandonó en sus memorias. Y si un día las pensé olvidadas, hoy sé que me equivoqué.

Doy vuelta y nos adentramos entre los matorrales forjando un camino incierto. Ella está asustada y sigue vociferando, a punto de llorar. Yo río como un maniático, hasta que de pronto freno el auto en medio de la nada.

-¡Calla madre, calla!- grito exasperado.

Ambos entramos en pánico, pero ella no se mueve del asiento. Mis manos se posan alrededor de su cuello, débil y senil. Cuando su mirada vidriosa se posó sobre mí no pude evitar odiarla aun más. Aprieto. Se retuerce. Acaricia mi mejilla. Luego su mano cae, y en ese momento, una lágrima brota. Mis nervios retornan.

Alterado tomo sus lentes y me los pongo. Lloro y río al mismo tiempo como un enfermo asesino. Pero sus lentes, esos anteojos ahora los poseo. Nunca más podrán torturarme. Entonces abro la puerta de tajo y me alejo del lugar sin mirar atrás.

Que tengas un buen viaje, querida madre…

domingo, 1 de marzo de 2009

Directriz de la semana: Tripas

ESA BOCA ES MÍA.

Eyra Wong

Desde niño amaba el olor del ajo cuando mi mamá lo acitronaba junto con cebolla; por fin pude lograr hacerlo y el olor es delicioso, he cerrado todas las ventanas para conservarlo dentro. Es difícil darle el punto exacto, porque puede quemarse o el aceite excesivo le quita sabor; sin embargo ahora puedo hacerlo sin ayuda sólo es necesario moderar el fuego.

La primera vez que vi a Helena, tenía un cigarro entre los labios y leía un libro, la cercanía de su rostro con las páginas hizo que arrojaran humo en lugar de letras, ella sólo observaba; vacié en su libro a punto de ser cenizas un poco del agua que tomaba, parpadeó y mientras suspiraba se levantó del suelo.

-Era la primera edición del Texto R’lyeh, valía, aún quemada más que todo lo que has ganado en tu vida.

Nunca me ha gustado desollar lo que me comeré, me parece primitivo y un acto bastante burdo, deberían hacerlo solamente las criadas y los sirvientes, personas sin educación; pero cómo confiarles a ellos tarea tan delicada, la piel debe estar antes de trabajar con ella, totalmente esterilizada, limpia hasta el fondo. Yo empiezo rasurando por completo, después lavo con jabón normal presionando para que entre a cada poro; por otro lado si la piel es removida sin cuidado podría echar a perder la carne y el platillo en sí. Después agregaré sal para completar la limpieza.

Me resultó difícil conquistar a Helena, era tan hermosa como antipática, odiaba a la mayoría de las personas y pasaba horas leyendo sobre dioses arquetípicos, creo que en el fondo deseaba convertirse en alguno de los seres de sus historias; encontraba la hermosura en ellos, amorfos, grotescos, anormales. Quizá eso fue lo que al final hizo que se fijara en mí y aceptara la invitación a tomar un whisky. Esa noche bebimos y me habló de sus ideas de la posibilidad de reencarnar, de vivir después de la muerte. Si hubiera sido uno de los hombres que ella conocía normalmente, hubiera salido corriendo; pero me enamoraba escuchar sus ideas mórbidas.

Al colocar la carne en el ajo acitronado el olor fue tan intenso que tuve que cerrar los ojos un momento antes de continuar; el sonido de la carne al cocerse es la música que más amo. Son cinco minutos en cada lado con la temperatura mínima, después doy una vuelta y el jugo que suelta la carne hará el resto. Un poco de vino tinto servirá para abrir el apetito, aún más.

Como lo imaginaba, el sexo era perfecto. Ella tenía prácticas diferentes, le gustaba que fuera rudo y yo enloquecía cuando la veía suplicar. Nunca había sentido tanta atracción por nadie, sé que no era simplemente por su belleza, su misantropía me desquiciaba. Mientras lo hacíamos nombraba demonios desterrados y dioses estelares, a veces los fonemas pronunciados me desconcentraban en ocasiones no podía parar de reír así que nos deteníamos y era cuando ella también reía. ¡Su risa era deliciosa! Nuestra relación fue simple, nadie dijo nada solo empezamos a vivir juntos. Con el tiempo las pláticas fueron disminuyendo y nos obsesionamos buscando placeres bizarros, yo la torturaba con pequeñas heridas en su espalda y piernas. Habíamos cubierto toda la casa con nuestros juegos, desde la cocina, con cosas triviales como tenedores y palillos chinos hasta el patio con espinas y cuerdas. No me gustaba que saliera de la casa, sabía que afuera tenía posibilidad de encontrar un hombre mejor que yo en cualquiera de los sentidos; mi ojo de vidrio no era tan interesante como en la adolescencia.

Ya puedo sacar la carne, el color que ha tomado me recuerda a Helena es parecido al tono de su cabello rojo con negro; al cortar ha salido un poco de sangre. Siguen las vísceras preparadas con anterioridad, es importante lavar con cuidado, sacar los deshechos y limpiar a conciencia. El riñón tiene dos horas en agua con sal, esto para quitar el olor; lo dejaré cociendo en agua limpia con unas hojitas de orégano. En cambio el hígado lo prepararé con laurel y pimiento, un poco de ají para contrastar el sabor. Por otro lado, el intestino delgado, es algo nuevo para mí; me dieron unas recetas, pero primero he abierto en canal y corté en cuadros pequeños, lo freí en aceite de oliva.

Un año pasó y buscamos fetiches individuales para compartirlos después, no podíamos detenernos y tuvimos que inventar palabras clave para señalar un alto en las relaciones; así no corríamos riesgos. Eso a raíz de una noche en la que poco faltó para que la asfixiara de verdad, pedía ayuda pero como sabía que la excitaba el rol de víctima, no me detuve hasta que vi sus ojos en blanco, entonces supe que debíamos tener más cuidado. Ella me repetía constantemente que era mía, que podía hacer con ella lo que deseara, que nunca me dejaría, pero mis celos aumentaron y sin razón. No la dejaba salir, yo compraba todo después del trabajo y ella se quedaba leyendo, escribiendo, imaginando nuevas formas de torturarnos. El día que la vi en el buzón, traía una bata, la tomé del brazo y la metí a jalones; empecé a dejarla encerrada bajo llave. Ella debía ser sólo para mí, no podía compartirla con el resto del mundo. Pero no podía poseerla, por más que lo intentara. El sexo era imposible de mejorar, la tenía para mí todo el tiempo pero aún así no la poseía por completo. Cuando me hablaba de otras personas, de su familia que ya no veía, de algún amigo que extrañaba la golpeaba; odiaba no poder poseer su pensamiento, sus sueños. Me volvía loco el hecho de saber que ella pensaba y que en sus pensamientos no estaba yo, que no podía verlos, que no los conocía. Entonces lo decidí.

Ahora debo acomodar la comida con gracia, es también un arte decorarla. He puesto un poco de aderezo en el plato y en seguida coloqué el trozo de carne, aún con gotitas rojas encima; las hierbas finas estaban a un lado y cerca de ellas el intestino en pedacitos, los olores dentro de la casa eran magníficos, cerré los ojos mientras maniobraba la sal y la pimienta. Me gustaba saborearla con todos los sentidos.

La comida me ha quedado deliciosa, cada parte de ella me hace confirmar que era ésta la única forma en que podía ser mía por completo.

sábado, 24 de enero de 2009

Sueños de Lodo...Yessica Paola Puga Ferral..... Directriz: Lodo

Sueños de lodo

Yessica Paola Puga Ferral

Lo toqué. Viscoso sedimento posado en la piedra. Era una perla genuina por nadie valorada, simplemente barro sin ningún encanto.

Era cierto, no a muchos les importaba. Sin embargo, para mí se había tornado preocupante. Mis sueños se volcaron en temibles pesadillas que durante la noche imploraba al cielo terminaran de una vez, que algún ente sin forma o cualquier ser a mi alrededor tuviera compasión y me despertara para darles un final: no me importaba la hora, sólo deseaba acabarlas. Pero sumido profundamente en mis pensamientos, por alguna extraña razón sabía que estaba dormido y aún así, el temor era mucho más grande.

En tal momento huía a través de los bosques mientras el sol atenuaba con rapidez sus rayos de luz y daba finalmente paso a la noche. Corría sin dirección y brincaba algunos troncos que había en el suelo, los cuales desordenaban la monotomía del ambiente: siempre tan simétrico y quizá hasta enfermizo. Un lugar que yo jamás había contemplado antes me aterraba como una ola inmensa que se avecina hacia la costa.

Fue entonces que sin darme cuenta comencé a caer entre un profundo y silencioso vacío. Quizá era mi mente, tal vez la imaginación disparatada o solamente visiones que frente a mis ojos se posaban, pero estaba seguro de que a lo lejos vi ciertas enramadas rabiosas que se movían intentando lastimarme. Mas no podían, me encontraba fuera de su alcance.

Di vueltas en el aire observando los cuatro puntos cardinales y descubrí que la oscuridad no es tan siniestra cuando te unes a ella. Y de repente, el tiempo paró. Los segundos se volvieron eternos hasta el punto en que escuché cada latido de mi corazón, que con estrépito comenzó a acelerarse.

Me estampé entonces contra un cristal transparente, semejante al de una ventana y mismo que empezó a fragmentarse. Debía salir de ahí, lo sabía pues más allá, traspasando el vidrio entendía a la perfección que un nuevo abismo me esperaba con los brazos abiertos.

Intenté moverme despacio, suavemente pero era inútil, ya que sólo conseguía que se rompiera más. Me había dado por vencido: de igual manera caería. Hasta que de pronto sentí que me hundía como si estuviera en un pozo sin fondo; era un pantano de lodo, inestable como arenas movedizas y espeso tal cual miel que producen las abejas.

Y así, cuando sentí morir ahogado entre el barro a causa de una fuerza que jalaba mis pies hacia abajo, cuando la esperanza había escapado de mis manos, escuché un sonido errante que llegó hasta mis oídos como la propia salvación y finalmente me levanté de mi aposento sobresaltado, empapado en sudor.

La doceava campanada del reloj junto a mi cama me hizo despertar de ese angustiante letargo. Pero hoy como otras noches, otra vez con el sabor a tierra en mi boca.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Melodía Reptante. Eyra Wong. 3a revisión.

Melodía Reptante

Eyra Wong


Con las rodillas raspadas y las manos llenas de tierra, me aferré a la rama en que me había logrado sentar, por fin estaba arriba de un árbol como los demás niños. Me sentía tan feliz que cuando escuché esa melodía creí que era parte de mi emoción, fue la primera vez que los vi.

Ella dirigía la música, tendría mi edad, o quizás era menor; se arrastraba con rapidez. En su cabello se movían insectos y hojas. Conforme avanzaba tomaba con su lengua todo lo que estaba en el suelo, masticaba ramas y piedras, que quebraban sus dientes. Atrás de ella, un hombre sin ojos pateaba sus piernas para saber hacia dónde ir; tenía un hueso con agujeros que usaba como flauta, las notas que emergían eran profundas y melancólicas. Un poco más atrás, apareció una hermosa mujer con el rostro cubierto por sangre, sostenía con ternura el cuerpo decapitado de un bebé, bajé lo más rápido que mi coordinación lo permitió y tuve el impulso de acercarme a levantar la cabeza que llevaba encadenada al pié.

Al final del grupo caminaba aquel ser cubierto por escamas anaranjadas que crujían con cada movimiento; era más alto que mi padre, pero demasiado delgado, se detuvo en medio de la gente y abrió la boca, sus finos labios dejaron escapar lamentos que fueron acompañados por el resto del grupo; la niña masticaba con fiereza las rocas marcando el ritmo, el ciego tocaba la flauta moviendo su cuerpo hacia los lados y la mujer arañaba el cuerpo que sostenía, la cabeza del niño gemía siguiendo la canción. Cerré los ojos para escuchar con claridad.

Un golpe de mi padre me hizo abrir los ojos, las escamas del ser brillaban y una mariposa escapó de su boca junto con un grito; el insecto tenía todos los colores que yo conocía y otros que no he vuelto a ver jamás. Empezó a volar entre las personas moviendo las alas con tal rapidez y gracia que nos hipnotizó, algunos bajaron la mirada, los niños corrían tras ella, otros se abrazaban. La melodía había vuelto a sonar, pero esta vez en un tono casi imperceptible; las escamas dejaron de brillar y el ser abrió la boca quedándose estático, la mariposa cayó a los pies de un hombre joven, que empezó a sudar y mientras rezaba empezó a llorar. De pronto se desvaneció. Aquellos que se habían abrazado, volvieron a hacerlo.

El ser empezó a caminar y sus compañeros lo siguieron en silencio. Con el tiempo me acostumbré a la canción y su significado, cada que la oía me subía al árbol más alto que mi padre me permitía, creía que la mariposa no podría volar hasta mí. Cuando la gente señalada por el insecto, corría o intentaba escapar, la niña los seguía y se los comía a mordidas, podíamos escuchar cómo arrancaba la piel y los huesos crujían, todo ello sin dejar de marcar el ritmo. El hombre ciego solía guiar a los ancianos, el sonido de su flauta era en esos casos más alegre.

Sólo en un par de ocasiones había presenciado la muerte de bebés; la mujer actuaba en dicho proceso, mordiendo brazos y piernas hasta desangrar al infante, después lo degollaba y encadenaba su cabeza a los pies, el cuerpo quedaba en cualquier lugar.

Conforme crecí mi labor consistió en cortar pétalos para convertirlos en ofrenda para la agrupación. Con el tiempo entendí que preferían los tulipanes y jazmines, los dejaba secar a la luz de la luna y después los envolvía en un pañuelo negro. Cuando la melodía se escuchaba, corría a colocar la ofrenda cerca del río, ahí se detenían a veces después de su trabajo.

El día de mi décimo cumpleaños mi abuelo me regaló a su perro, tuve que prometerle que lo cuidaría mientras viviera y a su vez, lo heredaría a mis hijos antes de morir; creo que los perros era lo único que podíamos dejar de valor en Lua de Lume. Cuando apagué la última vela del pastel el viento trajo consigo la melodía; corrí por la ofrenda mientras el perro jalaba a mi abuelo del pantalón, lo acarició y me sonrió. Entonces, el ciego se acercó a él abuelo y después de besarle las manos se lo llevó. Al pasar a mi lado, pude ver las escamas del líder, se caían y brillaban muy poco, me miró y agachó la cabeza; la niña que reptaba me mordió un pié.

Han pasado cuarenta años y muchos muertos desde que recibí mi herencia; tengo cinco hijos y nueve nietos, he delegado mi trabajo con las flores a dos de ellos, el perro será para la primer nieta que tuve, es la mayor y se encariñó con él, creo que podrá cuidarlo mientras viva.

A diferencia de las últimas veces, hoy la melodía se escuchó hasta que ellos aparecieron en el pueblo. El ser apareció casi sin escamas, abrió la boca un par de veces, agitó las manos y los demás mantuvieron la melodía, sentí miedo como la primera vez que los había visto. Por fin escapó la mariposa, revoloteaba sin dirección, entonces reconocí su destino; los ojos de mi nieta mayor se llenaron de lágrimas y empezó a correr, la niña la perseguía riéndose mientras reptaba en círculos y le lamía las piernas. El insecto estaba a punto de rendirse, supe que ella intentaría escapar y conocía el resultado de tal intento. Tomé una decisión.

Corrí hacia mi nieta, empujando a los curiosos y atrapé la mariposa, la niña se aferró a mis piernas y me tiró, mordisqueaba mis manos, tragándose un par de dedos, supe que lograría quitarme el insecto, así que lo metí a mi boca y lo mastiqué, las alas seguían moviéndose y las patas me hicieron estornudar. El ser me miraba desde su lugar, suspiró y sus escamas volaron, dio unos pasos hacia mí mirándome fijamente, entonces lo comprendí todo.

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Hoy regreso a Lua de Lume, vengo por mi nieta. Ésta vez no intentará escapar, lo veo en sus ojos, está cansada y quiere irse. Ha elegido a uno de sus bisnietos para que cuide al perro, sin embargo ha estado toda la tarde sentado entre sus pies, ella lo acaricia y le dice que cuide a sus hijos, sabe que ellos no entenderán lo que sucede.

Abro la boca y la mariposa vuela.